miércoles, 18 de septiembre de 2013

Jesús en el Getsemaní

Jesús en el Getsemaní

Jesús en el GetsemaníEn compañía de sus discípulos, el Salvador se encaminó lentamente hacia el huerto de Getsemaní.
La luna de Pascua, ancha y llena, resplandecía desde un cielo sin nubes. La ciudad de cabañas para los peregrinos estaba sumida en el silencio. Jesús había estado conversando fervientemente con sus discípulos e instruyéndolos; pero al acercarse a Getsemaní se fue sumiendo en un extraño silencio.
Con frecuencia, había visitado, este lugar para meditar y orar; pero nunca con un corazón tan lleno de tristeza como esta noche de su última agonía.
Toda su vida en la tierra, había andado en la presencia de Dios. se hallaba en conflicto con hombres animados por el espíritu de Satanás, pudo decir: "El que me envió, está; no me ha dejado solo el Padre; porque yo, lo que a el le agrada, hago siempre."
Pero ahora le parecía estar excluido de la luz de la presencia sostenedora de Dios. Ahora se contaba con los transgresores. Debía llevar la culpabilidad de la humanidad caída. Sobre el que no conoció pecado, debía ponerse la iniquidad de todos nosotros. Tan terrible le parece tan grande el peso de la culpabilidad que debe llevar, que está tentado a temer que quedará privado para siempre de su Padre. Sintiendo cuán terrible es la ira de Dios contra la transgresión, exclama: "Mi alma está muy triste hasta la muerte."
Al acercarse al huerto, los discípulos notaron el cambio de ánimo en su Maestro. Nunca antes le habían visto tan triste y callado. Mientras avanzaba, esta extraña se iba ahondando; pero no se atrevían a interrogarle acerca de la causa. Su cuerpo se tambaleaba como si estuviese por caer.. Al llegar al huerto, los discípulos buscaron ansiosamente el lugar donde solía retraerse, para que su Maestro pudiese descansar. Cada paso le costaba un penoso esfuerzo.
Dejaba oír gemidos como si le agobiase una terrible carga. Dos veces le sostuvieron sus compañeros, pues sin ellos habría caído al suelo.
Cerca de la entrada del huerto, Jesús dejó a todos sus discípulos, menos tres, rogándoles que orasen por si mismos y por él. Acompañado de Pedro, Santiago y Juan, entró en los lugares más retirados. Estos tres discípulos eran los compañeros más íntimos de Cristo. Habían contemplado su gloria en el monte de la transfiguración; habían visto a Moisés y Elías conversar con él; habían oído la voz del cielo; y ahora en su grande lucha Cristo deseaba su presencia inmediata. Con frecuencia habían pasado la noche con él en este retiro. En esas ocasiones, después de unos momentos de vigilia y oración, se dormían apaciblemente a corta distancia de su Maestro, hasta que los despertaba por la mañana para salir de nuevo a trabajar. Pero ahora deseaba que ellos pasasen la noche con él en oración.
Sin embargo, no podía sufrir que aun ellos presenciasen la agonía que iba a soportar.
"Quedaos aquí --dijo,-- y velad conmigo."
Fue a corta distancia de ellos -no tan lejos que no pudiesen verle y oírle-- y cayó postrado en el suelo. Sentía que el pecado le estaba separando de su Padre. La sima era tan ancha, negra y profunda que su espíritu se estremecía ante ella. No debía ejercer su poder divino para escapar de esa agonía. Como hombre, debía sufrir las consecuencias del pecado del hombre. Como hombre, debía soportar la ira de Dios contra la transgresión.
Cristo asumía ahora una actitud diferente de la que jamás asumiera antes. Sus sufrimientos pueden describirse mejor en las palabras del profeta: "Levántate, oh espada, sobre el pastor, y sobre el hombre campanero mío, dice Jehová de los ejércitos" Como substituto y garante del hombre pecaminoso, Cristo estaba sufriendo bajo la justicia divina. Veía lo que significaba la justicia. Hasta entonces había obrado como intercesor por otros; ahora anhelaba tener un intercesor para sí.
Sintiendo quebrantada su unidad con el Padre, temía que su naturaleza humana no pudiese soportar el venidero conflicto con las potestades de las tinieblas. En el desierto de la tentación, había estado en juego el destino de la raza humana. Cristo había vencido entonces. Ahora el tentador había acudido a la última y terrible lucha, para la cual se había estado preparando durante los tres años del ministerio de Cristo. Para él, todo estaba en juego. Si fracasaba aquí, perdía su esperanza de dominio; los reinos del mundo llegarían a ser finalmente de Cristo; él mismo seria derribado y desechado. Pero si podía vencer a Cristo, la tierra llegaría a ser el reino de Satanás, y la familia humana estaría para siempre en su poder. Frente a las consecuencias posibles del conflicto, embargaba el alma de Cristo el temor de quedar separada de Dios. Satanás le decía que si se hacía garante de un mundo pecaminoso, la separación seria eterna. Quedaría identificado con el reino de Satanás, y nunca mas seria uno con Dios.
Y ¿qué se iba a ganar por este sacrificio? ¡Cuán irremisibles parecían la culpabilidad y la ingratitud de los hombres! Satanás presentaba al Redentor la situación en sus rasgos mas duros: El pueblo que pretende estar por encima de todos los demás en ventajas temporales y espirituales te ha rechazado. Está tratando de destruirte a ti, fundamento, centro y sello de las promesas a ellos hechas como pueblo peculiar. Uno de tus propios discípulos, que escuchó tus instrucciones y se ha destacado en las actividades de tu iglesia, te traicionará. Uno de tus más celosos seguidores te negará. Todos te abandonarán.
Todo el ser de Cristo aborrecía este pensamiento. Que aquellos a quienes se había comprometido a salvar, aquellos a quienes amaba tanto se uniesen a las maquinaciones de Satanás, esto traspasaba su alma. El conflicto era terrible. Se medía por la culpabilidad de su nación, de sus acusadores y su traidor, por la de un mundo que yacía en la iniquidad. Los pecados de los hombres descansaban pesadamente sobre Cristo, y el sentimiento de la ira de Dios contra el pecado abrumaba su vida.
Mirémosle contemplando el precio que ha de pagar por el alma humana. En su agonía, se aferra al suelo frío, como para evitar ser alejado más de Dios. El frío rocío de la noche cae sobre su cuerpo postrado, pero él no le presta atención. De sus labios pálidos, brota el amargo clamor: "Padre mío, si es posible, pase de mi este vaso." Pero aún entonces añade: "Empero no como yo quiero, sino como tú."
El corazón humano anhela simpatía en el sufrimiento. Este anhelo lo sintió Cristo en las profundidades de su ser. En la suprema agonía de su alma, vino a sus discípulos con un anhelante deseo de oír algunas palabras de consuelo de aquellos a quienes había bendecido y consolado con tanta frecuencia, y escudado en la tristeza y la angustia. El que siempre había tenido palabras de simpatía para ellos, sufría ahora agonía sobrehumana, y anhelaba saber que oraban por él y por sí mismos. ¡Cuán sombría parecía la malignidad del pecado! Era terrible la tentación de dejar a la familia humana soportar las consecuencias de su propia culpabilidad, mientras él permaneciese inocente delante de Dios. Si tan sólo pudiera saber que sus discípulos comprendían y apreciaban esto, se sentiría fortalecido.
Levantándose con penoso esfuerzo, fue tambaleándose adonde había dejado a sus compañeros. Pero "los halló durmiendo." Si los hubiese hallado orando, habría quedado aliviado. Si ellos hubiesen estado buscando refugio en Dios para que los agentes satánicos no pudiesen prevalecer sobre ellos, habría quedado consolado por su firme fe. Pero no habían escuchado la amonestación repetida: "Velad y orad." Al principio, los había afligido mucho el ver a su Maestro, generalmente tan sereno y digno, luchar con una tristeza incomprensible. Habían orado al oír los fuertes clamores del que sufría. No se proponían abandonar a su Señor, pero parecían paralizados por un estupor que podrían haber sacudido sí hubiesen continuado suplicando a Dios. No comprendían la necesidad de velar y orar fervientemente para resistir la tentación.
Precisamente antes de dirigir sus pasos al huerto, Jesús había dicho a los discípulos: "Todos seréis escandalizados en mí esta noche." Ellos le habían asegurado enérgicamente que irían con El a la cárcel y a la muerte. Y el pobre Pedro, en su suficiencia propia, había añadido: "Aunque todos sean escandalizados, mas no yo." Pero los discípulos confiaban en sí mismos. No miraron al poderoso Auxiliador como Cristo les había aconsejado que lo hiciesen.
Así que cuando más necesitaba el Salvador su simpatía y oraciones, los halló dormidos, Pedro mismo estaba durmiendo.
Y Juan, el amante discípulo que se había reclinado sobre el pecho de Jesús, dormía. Ciertamente, el amor de Juan por su Maestro debiera haberlo mantenido despierto. Sus fervientes oraciones debieran haberse mezclado con las de su amado Salvador en el momento de su suprema tristeza. El Redentor había pasado noches enteras orando por sus discípulos, para que su fe no faltase. Si Jesús hubiese dirigido a Santiago y a Juan la pregunta que les había dirigido una vez: "¿Podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado?" no se habrían atrevido a contestar: "Podemos."
Los discípulos se despertaron al oír la voz de Jesús, pero casi no le conocieron, tan cambiado por la angustia había quedado su rostro. Dirigiéndose a Pedro, Jesús dijo: "¡Simón! ¿duermes tú? ¿no has podido velar una sola hora? Velad, y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está pronto, mas la carne es débil." La debilidad de sus discípulos despertó la simpatía de Jesús. Temió que no pudiesen soportar la prueba que iba a sobrevenirles en la hora de su entrega y muerte. No los reprendió, sino dijo: "Velad, y orad, para que no entréis en tentación." Aun en su gran agonía, procuraba disculpar su debilidad. "El espíritu a la verdad está pronto --dijo,-- mas la carne es débil."
El Hijo de Dios volvió a quedar presa de agonía sobre humana, y tambaleándose volvió agotado al lugar de su primera lucha. Su sufrimiento era aun mayor que antes. Al apoderarse de él la agonía del alma, "fue su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra." Los cipreses y las palmeras eran los testigos silenciosos de su angustia. De su follaje caía un pesado rocío sobre su cuerpo postrado, como si la naturaleza llorase sobre su Autor que luchaba a solas con las potestades de las tinieblas.
Poco tiempo antes, Jesús había estado de pie como un cedro poderoso, presintiendo la tormenta de oposición que agotaba su furia contra él. Voluntades tercas y corazones llenos de malicia y sutileza habían procurado en vano confundirle y abrumarle. Se había erguido con divina majestad como el Hijo de Dios. Ahora era como un junco azotado y doblegado por la tempestad airada. Se había acercado a la consumación  de su obra como vencedor, habiendo ganado a cada paso la victoria sobre las potestades de las tinieblas. Como ya glorificado, había aseverado su unidad con Dios. En acentos firmes, había elevado sus cantos de alabanza. Había dirigido a sus discípulos palabras de estimulo y ternura. Pero ya había llegado la hora de la potestad de las tinieblas. Su voz se oía en el tranquilo aire nocturno, no en tonos de triunfo, sino impregnada de angustia humana. Estas palabras del Salvador llegaban a los oídos de los soñolientos discípulos: "Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo beba, hágase tu voluntad."
El primer impulso de los discípulos fue ir hacia él; pero les había invitado a quedarse allí velando y orando. Cuando Jesús vino a ellos, los halló otra vez dormidos. Otra vez había sentido un anhelo de compañía, de oír de sus discípulos algunas palabras que le aliviasen y quebrantasen el ensalmo de las tinieblas que casi le dominaban. Pero "los dos de ellos estaban cargados; y no sabían qué responderle." Su presencia los despertó. Vieron su rostro surcado por el sangriento sudor de la agonía, y se llenaron de temor. No podían comprender su angustia mental. "Tan desfigurado, era su aspecto más que el de cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de Adán." Apartándose, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido por el horror de una gran obscuridad. La humanidad del Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa.
Oraba ahora no por sus discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo podía aun ahora negarse a beber la copa destinada al hombre culpable. Todavía no era demasiado tarde. Podía enjugar el sangriento sudor de su frente y dejar que el hombre pereciese en su iniquidad. Podía decir: Reciba el transgresor la penalidad de su pecado, y yo volveré a mi Padre. ¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de la humillación y la agonía? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del pecado, para salvar a los culpables? Las palabras caen temblorosamente de los pálidos labios de Jesús: "Padre mío, si no puede este vaso pasar de mi sin que yo lo beba, hágase tu voluntad."
Tres veces repitió esta oración. Tres veces rehuyó su humanidad el último y culminante sacrificio, pero ahora surge delante del Redentor del mundo la historia de la familia humana. Ve que los transgresores de la ley, abandonados a si mismos, tendrían que perecer. Ve la impotencia del hombre. Ve el poder del pecado. Los ayes y lamentos de un mundo condenado surgen delante de él. Contempla la suerte que le tocarla, y su decisión queda hecha. Salvará al hombre, sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin de que por él los millones que perecen puedan obtener vida eterna. Dejó los atrios celestiales, donde todo es pureza, felicidad y gloria, para salvar a la oveja perdida, al mundo que cayó por la transgresión. Y no se apartará de su misión. Hará propiciación por una raza que quiso pecar. Su oración expresa ahora solamente sumisión: "Si no puede este vaso pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad."
Habiendo hecho la decisión, cayó moribundo al suelo del que se había levantado parcialmente. ¿Dónde estaban ahora sus discípulos, para poner tiernamente sus manos bajo la cabeza de su Maestro desmayado, y bañar esa frente desfigurada en verdad más que la de los hijos de los hombres? El Salvador piso solo el lagar, y no hubo nadie del pueblo con él.
Pero Dios sufrió con su Hijo. Los ángeles contemplaron la agonía del Salvador. Vieron a su Señor rodeado por las legiones de las fuerzas satánicas, y su naturaleza abrumada por un pavor misterioso que lo hacia estremecerse. Hubo silencio en el cielo. Ningún arpa vibraba. Si los mortales hubiesen percibido el asombro de la hueste angélica mientras en silencioso pesar veía al Padre retirar sus rayos de luz, amor y gloria de su Hijo amado, comprenderían mejor cuán odioso es a su vista el pecado.
Los mundos que no habían caído y los ángeles celestiales habían mirado con intenso interés mientras el conflicto se acercaba a su fin. Satanás y su confederación del mal, las legiones de la apostasía, presenciaban atentamente esta gran crisis de la obra de redención. Las potestades del bien y del mal esperaban para ver qué respuesta recibirla la oración tres veces repetida por Cristo. Los ángeles habían anhelado llevar alivio 643 al divino doliente, pero esto no podía ser. Ninguna vía de escape había para el Hijo de Dios. En esta terrible crisis, cuando todo estaba en juego, cuando la copa misteriosa temblaba en la mano del Doliente, los cielos se abrieron, una luz resplandeció de en medio de la tempestuosa obscuridad de esa hora crítica, y el poderoso ángel que está en la presencia de Dios ocupando el lugar del cual cayó Satanás, vino al lado de Cristo. No vino para quitar de su mano la copa, sino para fortalecerle a fin de que pudiese beberla, asegurado del amor de su Padre. Vino para dar poder al suplicante divino-humano. Le mostró los cielos abiertos y le habló de las almas que se salvarían como resultado de sus sufrimientos. Le aseguró que su Padre es mayor y más poderoso que Satanás, que su muerte ocasionaría la derrota completa de Satanás, y que el reino de este mundo sería dado a los santos del Altísimo. Le dijo que vería el trabajo de su alma y quedaría satisfecho, porque vería una multitud de seres humanos salvados, eternamente salvos.
La agonía de Cristo no cesó, pero le abandonaron su depresión y desaliento. La tormenta no se había apaciguado, pero el que era su objeto fue fortalecido para soportar su furia. Salió de la prueba sereno y henchido de calma. Una paz celestial se leía en su rostro manchado de sangre. Había soportado lo que ningún ser humano hubiera podido soportar; porque había gustado los sufrimientos de la muerte por todos los hombres.
Los discípulos dormidos habían sido despertados repentinamente por la luz que rodeaba al Salvador. Vieron al ángel que se inclinaba sobre su Maestro postrado. Le vieron alzar la cabeza del Salvador contra su pecho y señalarle el cielo. Oyeron su voz, como la música más dulce, que pronunciaba palabras de consuelo y esperanza. Los discípulos recordaron la escena transcurrida en el monte de la transfiguración. Recordaron la gloria que en el templo había circuido a Jesús y la voz de Dios que hablara desde la nube. Ahora esa misma gloria se volvía a revelar, y no sintieron ya temor por su Maestro. Estaba bajo el cuidado de Dios, y un ángel poderoso había sido enviado para protegerle. Nuevamente los discípulos cedieron, en su cansancio, al extraño estupor que los dominaba. Nuevamente Jesús los encontró durmiendo.
Mirándolos tristemente, dijo: "Dormid ya, y descansad: he aquí ha llegado la hora, y el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores."
Aun mientras decía estas palabras, oía los pasos de la turba que le buscaba, y añadió: "Levantaos, vamos: he aquí ha llegado el que me ha entregado."
No se veían en Jesús huellas de su reciente agonía cuando se dirigió al encuentro de su traidor. Adelantándose a sus discípulos, dijo: "¿A quién buscáis?"
Contestaron: "A Jesús Nazareno." Jesús respondió: "Yo soy." Mientras estas palabras eran pronunciadas, el ángel que acababa de servir a Jesús, se puso entre él y la turba. Una luz divina iluminó el rostro del Salvador, y le hizo sombra una figura como de paloma. En presencia de esta gloria divina, la turba homicida no pudo resistir un momento. Retrocedió tambaleándose. Sacerdotes, ancianos, soldados, y aún Judas, cayeron como muertos al suelo.
El ángel se retiró, y la luz se desvaneció. Jesús tuvo oportunidad de escapar, pero permaneció sereno y dueño de si. Permaneció en pie como un ser glorificado, en medio de esta banda endurecida, ahora postrada e inerme a sus pies. Los discípulos miraban, mudos de asombro y pavor.
Pero la escena cambió rápidamente. La turba se levantó. Los soldados romanos, los sacerdotes y judas se reunieron en derredor de Cristo. Parecían avergonzados de su debilidad, y temerosos de que se les escapase todavía, Volvió el Redentor a preguntar: "¿A quién buscáis?" Habían tenido pruebas de que el que estaba delante de ellos era el Hijo de Dios, pero no querían convencerse. A la pregunta: "¿A quién buscáis?" volvieron a contestar: "A Jesús Nazareno." El Salvador les dijo entonces: "Os he dicho que yo soy: pues si a mí buscáis, dejad ir a éstos," señalando a los discípulos. Sabía cuán débil era la fe de ellos, y trataba de escudarlos de la tentación y la prueba. Estaba listo para sacrificarse por ellos.
El traidor Judas no se olvidó de la parte que debía desempeñar. Cuando entró la turba en el huerto, iba delante, seguido de cerca por el sumo sacerdote. Había dado una señal a los perseguidores de Jesús diciendo: "Al que yo besare, aquél es: prendedle." Ahora, fingiendo no tener parte con ellos, se acercó a Jesús, le tomó de la mano como un amigo familiar, 645 diciendo: "Salve, Maestro," le besó repetidas veces, simulando llorar de simpatía por él en su peligro.
Jesús le dijo: "Amigo, ¿a qué vienes?" Su voz temblaba de pesar al añadir: "Judas, ¿con beso entregas al Hijo del hombre?" Esta súplica debiera haber despertado la conciencia del traidor y conmovido su obstinado corazón; pero le habían abandonado la honra, la fidelidad y la ternura humana. Se mostró audaz y desafiador, sin disposición a enternecerse. Se había entregado a Satanás y no podía resistirle. Jesús no rechazó el beso del traidor.
La turba se envalentonó al ver a Judas tocar la persona de Aquel que había estado glorificado ante sus ojos tan poco tiempo antes. Se apoderó entonces de Jesús y procedió a atar aquellas preciosas manos que siempre se habían dedicado a hacer bien.
Los discípulos hablan pensado que su Maestro no se dejaría prender. Porque el mismo poder que había hecho caer como muertos a esos hombres podía dominarlos hasta que Jesús y sus compañeros escapasen. Se quedaron chasqueados e indignados al ver sacar las cuerdas para atar las manos de Aquel a quien amaban. En su ira, Pedro sacó impulsivamente su espada y trató de defender a su Maestro, pero no logró sino cortar una oreja del siervo del sumo sacerdote. Cuando Jesús vio lo que había hecho, libró sus manos, aunque eran sujetadas firmemente por los soldados romanos, y diciendo: "Dejad hasta aquí," tocó la oreja herida, Y ésta quedó inmediatamente sana. Dijo luego a Pedro: "Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomaren espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles?"--una legión en lugar de cada uno de los discípulos-- Pero los discípulos se preguntaban: ¿Oh, por qué no se salva a sí mismo y a nosotros? Contestando a su pensamiento inexpresado, añadió: "¿Cómo, pues, se cumplirían las Escrituras, que así conviene que sea hecho?" "El vaso que el Padre me ha dado, ¿no lo tengo de beber?"
La dignidad oficial de los dirigentes judíos no les había impedido unirse al perseguimiento de Jesús. Su arresto era un asunto demasiado importante para confiarlo a subordinados; así que los astutos sacerdotes y ancianos se habían unido a  la policía del templo y a la turba para seguir a Judas hasta Getsemaní. ¡Qué compañía para estos dignatarios: una turba ávida de excitación y armada con toda clase de instrumentos como para perseguir a una fiera!
Volviéndose a los sacerdotes y ancianos, Jesús fijó sobre ellos su mirada escrutadora. Mientras viviesen, no se olvidarían de las palabras que pronunciara. Eran como agudas saetas del Todopoderoso. Con dignidad dijo: Salisteis contra mí con espadas y palos como contra un ladrón. Día tras día estaba sentado enseñando en el templo. Tuvisteis toda oportunidad de echarme mano, y nada hicisteis. La noche se adapta mejor para vuestra obra. "Esta es vuestra hora, y la potestad de las tinieblas."
Los discípulos quedaron aterrorizados al ver que Jesús permitía que se le prendiese y atase. Se ofendieron porque sufría esta humillación para si y para ellos. No podían comprender su conducta, y le inculpaban por someterse a la turba. En su indignación y temor, Pedro propuso que se salvasen a si mismos. Siguiendo esta sugestión, "todos los discípulos huyeron, dejándole." Pero Cristo había predicho esta deserción. "He aquí había dicho, la hora viene, y ha venido, que seréis esparcidos cada uno por su parte, y me dejaréis solo: mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo."
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El hombre del Hacha

El hombre del Hacha

El hombre del HachaHabía una vez un hachero que se presentó a trabajar en una maderera.  El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún; así que el hachero se decidió a hacer buen papel.
El primer día se presentó al capataz, quien le dio un hacha y le designó una zona. El hombre entusiasmado salió al bosque a talar. En un solo día cortó 18 árboles.
-Te felicito, dijo el capataz, sigue así.
Animado por las palabras del capataz , el hachero se decidió a mejorar su propio desempeño al día siguiente ; así esa noche se acostó bien temprano.
A la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo el empeño , no consiguió cortar más que 15 árboles.
-Me debo haber cansado -pensó y decidió acostarse con la puesta del sol. Al amanecer se levantó y decidió batir su marca de 18 árboles.
Sin embargo ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron 7, luego 5 y el último día estuvo toda la tarde tratando de voltear su segundo
árbol.
Inquieto por el pensamiento del capataz, el hachero se acercó a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se esforzaba al límite
de desfallecer. El capataz le preguntó :
-¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez? - ¿Afilar? No tuve tiempo de afilar, estuve muy ocupado cortando árboles.
Cuántas veces estamos tan ocupados en lo que nos parece urgente, que le restamos tiempo a lo importante.... Te invito a pensar... ¿Cuál es el hacha de tu vida, que no estás afilando? ¿En qué estás ocupando tu tiempo, a qué le estás prestando atención? Tal vez estamos tan ocupados en querer llegar al destino, que nos olvidamos de mirar el paisaje...
Mateo 6:33 "Mas buscad primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas."

El ciclo del Pecado

El ciclo del Pecado

El ciclo del Pecado"Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman. Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte"
Ninguna persona sobre la faz de la tierra puede gloriase que nunca ha sido tentado a pecar, el mismo Jesús cuando estuvo en esta tierra fue tentado, pero no peco. ¿Será que nosotros hacemos lo mimo?, ¿Será que cuando somos tentados a pecar, nunca cedemos?, o ¿Será que cedemos aun cuando ni siquiera estamos siendo tentados?.

A lo mejor tu conoces personas que se encuentran en pecado y que se acomodan tanto que llega un momento en donde el pecado ya no es un obstáculo para caminar, sino mas bien se acomoda y ahora “caminan con el pecado”, quizá tu que me lees en esta hora seas una de las personas que te has acomodado tanto a tu pecado, que te has hecho amigo de el y ahora caminas junto a el.
La realidad es que jamás el hombre tendría que acomodarse al pecado, al contrario tendría que ser apático a pecar, tendríamos que tener el deseo de ser obedientes a Dios y a su Palabra y esforzarnos por no pecar, pero lastimosamente muchos de nosotros somos débiles y nos dejamos manipular por el pecado. Es por esa razón que a través de este tema quiero enseñarte que caminar con el pecado es lo peor que podemos hacer y que es hora de desechar toda carga que nos estorba para encontrar la gracia y el favor de Dios para nuestra vida.

¿LEVANTE LA MANO QUIEN NO PECA?
Es increíble pero TODOS pecamos, el hecho de que somos cristianos, no nos hace perfectos, aunque tendríamos que buscar la perfección, es decir, en el día se nos presentan muchas situaciones que a veces sin darnos cuenta nos hacen pecar, la Biblia habla acerca que el pecado no deja prosperar y que esta en contra de lo que Dios quiere para nuestra vida. Si tu dices que no pecas y realmente es verdad, pues te felicito y Gloria a Dios por tu vida, pero por otra parte estamos lo que si pecamos, los que aunque muchas veces luchamos en contra de pecar, terminamos pecando, aquellos que aunque tenemos un corazón con el deseo de ya no fallar, aun así fallamos muchas veces.
A lo mejor en esta ocasión solo me puedan entender aquellos que al igual que yo, muchas veces han luchado por no pecar y han fallado, aquellos que han clamado a Dios por superar áreas de su vida y lastimosamente no lo han logrado superar. Pues te tengo una buena noticia, Dios te ama, aunque no ama tu pecado, pero te ama a ti y esta dispuesto a levantarte si tan solo eres obediente a su voz.

¿CÓMO ACTUA EL PECADO?
Bueno es fácil describir como actúa el pecado, el enemigo de nuestras almas es inteligente y un estratega de primera, el sabe como llegar a tu vida para tentarte a pecar, el conoce tus gustos y no porque conociera lo que tu piensas, pues el no es omnisciente, pero si observa tus movimientos, a lo mejor no el porque no es omnipresente, pero si alguno de sus demonios, entonces la pregunta es: ¿Cómo actúa el pecado?
  1. En primer lugar el enemigo averigua tus debilidades, como ya te dije el es un estratega de primera.
  2. Pone diferentes situaciones en tu vida, para irte alejando de la comunión que tienes con Dios, recuerda que entre mas apagado estés de tu comunión con Dios, mas fácil será desanimarte.
  3. Es ahí donde entra la fase 3, como te has descuidado de tu relación personal con Dios, el enemigo comienza a bombardear tu mente con pensamientos de desanimo y pecado.
  4. Atacado por pensamientos de pecado y sumándole que no estas teniendo una relación personal con Dios como tendrías que tener, no te queda mas nada que ceder a la tentación y fallar.

¿QUÉ OCURRE DURANTE EL PECADO?
Bueno nadie dijo que el pecado humanamente no se disfrute, creo que la mayoría disfruta el pecado si lo hablamos en términos carnales, pero lastimosamente las realidades espirituales son otras, puesto que nuestra función tendría que ser luchar en contra de nuestra carne, vencer los deseos carnales, para fortalecer nuestra vida espiritual, la Biblia habla acerca de “no satisfacer los deseos de la carne”. Pero la pregunta seria ¿Qué ocurre durante el pecado?
  1. Al cometerlo tendrás presente en tu mente que no lo tienes que hacer, pero tu misma debilidad(por no mantener una constate comunión con Dios), te hace querer obviar eso, aunque sinceramente no podrás.
  2. A lo mejor sientas satisfacción carnal, pero jamás espiritual.
  3. Ten por seguro que el hecho de estar pecando, no será motivo de gozo, sino que durante peques tendrás presente que no es lo debido.

¿DESPUÉS DEL PECADO?
Si bien es cierto todo comenzó descuidando tu relación personal con Dios para luego caer en pecado, no tienes que olvidarte que tus acciones tendrán una consecuencia. Quizá a lo mejor antes de pecar y durante el pecado ni siquiera pase por tu mente que tu pecado trae consecuencias, pero la realidad es que siempre tus acciones traerán consigo una consecuencia, ya sea enseguida o en un futuro. Pero volviendo a la pregunta: ¿Qué pasa después de cometer pecado?
  1. Te sentirás derrotado.
  2. Te arrepentirás de haber hecho lo que hiciste y querrás regresar en el tiempo para no cometer ese error, pero lastimosamente no se podrá, sino que tendrás que enfrentar las consecuencias.
  3. A lo mejor las consecuencias de tu pecado serán difíciles, pero recuerda que todo se debió a la mala decisión de caer en el pecado.

VICTORIA SOBRE EL PECADO.
Todos nosotros somos sabedores que Dios nos ha dado la victoria sobre el pecado y que el enemigo de nuestras almas ya esta derrotado, partiendo de eso tienes que mantenerte firmes para que el día de mañana no seamos objeto de tentaciones que nos hagan fallarle a Dios y deteriorar nuestra relación personal con El. Cada uno de nosotros es dueño de la decisión de pecar o no hacerlo, nadie te obliga a que no lo hagas, pero tampoco nadie te obliga a hacerlo, sino que eres tu al fin y al cabo el que decide si hacerlo o no. Pero ¿Cuál seria la mejor forma de vencer al pecado?
  1. Nunca descuidar tu relación personal con Dios, mientras mantengas una vida de devocional(orar, leer la palabra, congregarte, servir, ayunar, etc) con Dios, no creo que el enemigo pueda hacer mucho en contra de ti. Recuerda la Biblia dice: “someteos pues a Dios, resistid al Diablo y huirá de vosotros”.
  2. Antes de cometer el pecado, piensa en las consecuencias que te puede traer y no solo en el placer que sentirás, pues el placer es momentáneo y la vida que Dios te ofrece es eterna, ponte a pensar: ¿Qué vale mas?, ¿Un momento de placer carnal o una vida eterna que heredar?.

La verdad es que no hay mejor cosa que superar el pecado, en esos momentos en los cuales estas a punto de pecar, el hecho de decir “no” te hará sentir mil veces mejor que dejarte llevar y caer en el pecado. Créeme que no hay mayor satisfacción que cuando un hijo de Dios resiste al pecado y este huye de el. Dios quiere hacerte entender que eres mas que vencedor y que no hay pecado que te derrote, así que ¡arriba! Dios quiere hacer de ti un siervo(a) útil para su obra.
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